Tres agujas

Una de las preguntas más antiguas y profundas de la ciencia es por qué somos como somos. ¿Somos un producto de la naturaleza o de la crianza? ¿Nuestra manera de ser, de pensar, de elegir y hasta de caminar es hereditaria? ¿Tenemos un destino predeterminado por la genética o al futuro lo podemos ir construyendo día a día? ¿Cuánto nos moldea la cultura que nos rodea?

Un doctor llamado Peter Neubauer quiso pasar a la historia como el científico que resolviera algunos de estos dilemas. Para eso, a principios de los años 60, lideró un experimento que consistía en separar a gemelos recién nacidos y darlos en adopción para que se críen en ambientes familiares diferentes. Mientras los gemelos crecían, el doctor iba estudiando minuciosamente sus conductas, los comportamientos, la personalidad de cada uno, cómo se relacionaban con los demás, etc. Lo hacía mediante visitas mensuales que un grupo de colaboradores les hacía a las familias, anotando cada detalle en prolijos formularios.

De este experimento se trata el documental “Three Identical Strangers” (de Tim Wardle, 2018). El relato central cuenta la increíble y macabra historia de unos trillizos idénticos que formaron parte de la locura de Neubauer. Fueron separados al nacer y distribuidos en familias distintas pero, por casualidad, se reencontraron a los 18 años, en 1980. Cuando en los EEUU se conoció el caso, los tres se convirtieron en estrellas mediáticas en pocos días. Como un trío de freaks, pulularon por los programas de TV más populares, salieron en diarios y revistas e incluso tuvieron sus segundos en el cine, en una película de Madonna. Pero detrás del aparente encuentro feliz, se escondía un secreto que dejó a la intemperie la perversidad de la naturaleza humana.

Resulta moralmente reprochable separar hermanos recién nacidos para un experimento científico que, con los años, no sirvió para nada útil. Ni siguiera se publicaron las conclusiones o las anotaciones que fueron haciendo los gemelos separados como para difundirlo entre la comunidad de científicos. Nada. El reproche moral cae de inmediato sobre el creador de este experimento, Neubauer. Aunque una señora ya viejita, que en su momento colaboró en la oficina del programa, intenta poner las cosas en su lugar. “Hay que situarse en los 50 y 60. En ese momento no parecía que esto fuese algo malo”, dice en el documental. Pero lo fue.

La conclusión personal de la señora es interesante: ella cree que somos mucho más herencia que crianza y que casi no tenemos control de nuestras decisiones, que son inconscientes. “Eso enoja a la gente porque quieren creer que somos libres y que decidimos en libertad. Pero eso es falso”, agrega.

Tampoco los padres que adptaron a los bebes separados sabían que en algún lugar de los EEUU sus hijos tenían hermanos gemelos, trillizos o mellizos. Ellos se enteraron de la existencia de otros chicos a la par que sus hijos. “Siempre que juegas con los humanos, estás haciendo algo muy malo” zanja toda discusión una de las madres adoptivas de los trillizos.

Los trillizos que protagonizan el documental aprovecharon la fama con la inocencia e ingenuidad que tiene la juventud. Pusieron un restaurante que se hizo muy popular porque la gente quería verlos como si fueran una excentricidad, casi unos animales exóticos del zoológico. Los comensales exigían que ellos atiendan sus mesas. Llegaron a facturar millones de dólares al año. Pero de la euforia inicial cuando se reencontraron, pasaron al derrumbe total cuando fueron adultos. Todo termina mal entre ellos. “No tuvieron la oportunidad de conocerse e ir ajustando sus relaciones como cualquier familia, se encontraron siendo adultos”, dice una de sus madres. 

Un acierto del documental es el guión y su estructura. El espectador pasa de sentir una sorpresa inicial y compartir la alegría y felicidad de aquellos hermanos a la sorpresa y la indignación cuando la verdad detrás del experimento empieza a salir a flote. Y, a medida que van pasando los minutos, esa verdad oscura se va profundizando. Como un juego de muñecas rusas. Todo se oscurece más y más hasta límites macabros.

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