La Notti Magique de Maradona

Los pobres no tienen casi ninguna posibilidad de humillar a los ricos. Por eso el partido más importante de Maradona no fue el de la mano de Dios contra Inglaterra. Fue el que jugó contra Italia, el martes 3 de julio de 1990, por las semifinales del mundial italiano. Nada menos que en el San Paolo de Nápoles. Algunos dirán que humillar al poder ganándoles un puñado de partidos de fútbol no es importante, ni sirve de mucho para que la bocha cambie. Es cierto. Pero los que jugaron al fútbol, aunque sea en un cuatro contra cuatro en una canchita sin pasto, saben perfectamente lo que se siente al perder contra un equipo mucho más pobre y débil (pero con más corazón) que el propio. Es humillante. Es vergonzoso. Y ya sabemos que a los ricos y a los poderosos, no les gusta que los humillen ni que les falten el respeto ni siquiera cinco minutos. Y mucho menos en una semifinal de un mundial, en su propio país, de locales, frente a las cámaras de televisión que eran los ojos de cientos de millones de personas de todo el mundo.

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Empecemos por el final: Ganó Argentina. El partido terminó 1 a 1 (gol de Caniggia), se jugó un alargue eterno y como seguía el empate, a penales. En los tiros de los doce pasos, ganó Argentina. Sergio Goycochea, el vasco, el Goyco, atajó dos y entró al panteón de los Héroes Nacionales. Su vida también sufrió un quiebre aquella noche.

El equipo de Diego y Bilardo pasó a la final. Fue heroico porque, contra todos los pronósticos, Argentina dejaba al local sin su mundial. El equipo italiano llegó a esa noche invicto, ganando los cinco partidos anteriores sin recibir un solo gol en contra. Ese récord todavía sigue vigente treinta años después y va a ser casi imposible superarlo. Tenían jugadores como Vialli, Maldini, Donadoni, el arquero Zenga y Salvatore “Totó” Schillaci, la figura y goleador. El equipo de Diego, en cambio, no jugaba a nada y era un suplicio, lleno de lesionados, perdiendo, empatando y pasando de ronda por penales. Pero ahora eliminaba a los azzurra.

Fue en aquel partido donde terminó la carrera del Maradona futbolista y empezó otra, la del mito. Por eso aquella fue la notti magique de Diego; única, inolvidable. Irrepetible. Fue el partido más maradoniano de los seiscientos y pico que jugó como profesional. Porque, con una inteligencia superlativa, el pibe de Fiorito empezó a jugarlo afuera de la cancha, varios días antes del pitazo inicial.

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Una semana antes del partido, en el diario Corriere dello Sport aparece una columna firmada por Diego titulada “Nápoles me ama”. El capitan argentino mueve la primera pieza de una jugada histórica: “Pienso que el público dará todo su apoyo a los Azzurri. Pero no entiendo ni comparto lo que está sucediendo. Después de tanto racismo, sólo ahora se apresuran a recordar que Nápoles forma parte de Italia. Durante 364 días del año se habla de ‘siniestrados’, de ‘terroni’, de apestados, todos ataques infamantes. Una vez por año, ahora, se pide ayuda a esta gente, se descubre que es la mejor del mundo. Ahora, después de haber abofeteado a los napolitanos de todas las maneras posibles, algunos les dicen que son italianos, que lo único importante es que gane Italia, por su orgullo nacional. Es increíble, absurdo, ofensivo. De cualquier manera, no creo que yo haya de partir el corazón de mis tifosi. Por otra parte, es un problema que no debo resolver yo. […] También escuché por allí: ‘Maradona pasa, mientras que la Copa del Mundo queda’. Sí, quedará, pero a disposición de los otros. Los napolitanos no tendrán siquiera el derecho a mirarla por un instante. ¿No me creen? Está bien. Volveremos a hablar de esto”. 

Explotó el mundial. Las esquirlas del bombazo fueron recogidas por casi todos los medios importantes del mundo y, mucho antes de que existiera Twitter, la palabra “racismo” fue trending topic y se empezó a viralizar. Tal como él buscaba, a Diego lo criticaron con dureza por meterse en un tema ajeno y tan sensible para la sociedad italiana. Pero él le hablaba a sus napolitanos. Sabía lo que decía porque vivía la hostilidad en carne propia cada domingo como capitán del Nápoli. Con un timing perfecto y una gran intuición e inteligencia mediática, metió el cuchillo en una herida que él sabía que no estaba cicatrizada y todavía dolía mucho.

Para los hinchas napolitanos, Dieco era Dios. Maradona sabía que jamás lo insultarían ni mucho menos, silbarían su himno o al equipo, como venía ocurriendo en cada partido de la selección albiceleste en el mundial. Milan, Turín, Florencia. Todo el tiempo eran silbidos. Un dato no menor que ayuda a entender mejor esta historia: dos meses antes del mundial, el Nápoli había salido campeón del calcio italiano. De la mano del 10, el club festejaba su segundo scudetto

En vez de calmar las aguas, Diego seguía agitando: “Les piden a los napolitanos que sean italianos por un día y se olvidan los otros 364 días del año…ahora todos los llaman a que alienten… pero todo el año les dicen que son africanos”. 

Y un día antes reforzó el mensaje clave: “Napolitanos, no se olviden que, hasta ayer, ustedes no eran considerados italianos por el resto de Italia; para ellos, eran africanos, terroni, colerosi. Yo no les puedo pedir más a los napolitanos porque en todos estos años me hicieron muy feliz pero si quieren verme contento, a mi me harían muy feliz si apoyan a la Argentina. Los vamos a necesitar. Y cuando Nápoli necesitó a Maradona, yo siempre estuve ahí para ellos”. Un pedido, casi un reclamo: Yo les di todo, ahora les toca a ustedes.

En los diarios, la radio y la TV casi no se hablaba de otro tema. Del racismo del norte hacia el sur, de la pobreza de los postergados y sus reclamos nunca atendidos. Se hacían encuestas en la calle y la gente opinaba. Había napolitanos en la calle por televisión gritando “Forza Argentina!” y mostrando sus entradas para el partido. Otros sureños estaban molestos porque la inauguración del mundial había sido en Milan y la selección jugaba en el Olímpico de Roma.  “Maradona polémica: Nápoli no es Italia”, tituló en tapa con letras grandes el Corriere dello Sport. 

Los medios del norte enfurecieron. “Pretender involucrar a los napolitanos en esta cruzada ideológica contra Diego Maradona para representar una crueldad es una estupidez. Pero estupidez aún más grande es sospechar que los napolitanos sean incapaces de sostener y dar su respaldo a Italia”, escribió el periodista italiano Franco Dominico en el Corriere dello Sport, un día antes del partido.

Diego había metido los dedos en el enchufe y le hizo saltar los tapones a toda Italia. 

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A las 8 de la noche, el San Paolo era una olla gigante que hervía. No cabía una persona más. “Maradona, Napoli ti ama, ma l`Italia é nostra Patria”, (Nápoli te ama, pero Italia es nuestra patria) decía una bandera enorme que cruzaba la tribuna en el lugar que ocupaba siempre la Curva B (la barra brava del Nápoli). Sus hinchas, incondicionales, le pedían perdón por alentar a su país. Algo insólito en una semifinal de un mundial.

Pero volvamos al partido. En el fútbol siempre hay derrotas, empates y victorias. Pero cuando el rival que enfrentamos es inferior, el miedo a perder nos puede jugar en contra. En la cabeza, que es la que manda en ese tipo de partidos. Esa presión psicológica la tuvo Italia, en gran parte por la jugada de ajedrez que había inventado el ídolo argentino y napolitano. Y otro motivo de presión fue la sede elegida para el partido. El técnico del Nápoli en aquel entonces, Alberto Digon, se sinceró en 2019 para un documental sobre Maradona: “Gran error de la Federación Italiana. Argentina contra Italia, en Nápoles! Un gran error. Deberían haber previsto que eso podría suceder. Nunca tenés que poner a jugar a la Argentina en Nápoles! Nunca”. Los jugadores italianos, mimados por la prensa, los dirigentes y el público, sintieron toda esa presión en tierras maradonianas. Treinta años después, Aldo Serena aceptó que Diego había dividido en dos al público y que el clima en Nápoles antes del partido no era el de la fiesta y el jolgorio de los otros cinco partidos que la selección italiana había jugado en Roma. “No digo que perdimos por eso, pero fue un componente importante”, agrega en el libro “El último Mundial” de Cune Molinero (Planeta, 2020).

Presente en aquel  Mundial, el periodista argentino Alejandro Fabbri agrega: “Diego es muy inteligente y sabía lo que podía lograr con sus dichos. Es un tipo muy espontáneo, pero al mismo tiempo maneja esto muy bien: sabe dónde apuntar y en qué momento golpear”.

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Penales. Arranca Italia. El primero es el defensor del Milan, Baresi. No duda, patea fuerte. Después José Tiburcio Serrizuela para Argentina, también. Zenga manotea pero no lo ataja: 1 a 1. Roberto Baggio, lo patea a la derecha de Goyco que la toca pero no la puede desviar. El vasco avisa. 2 a 1. Es el turno de Burruchaga, la mete con clase, a la izquierda de Zenga. 2 a 2. De Agostini, un zurdo, la pone impecable y 3 a 2. El vasco Olarticoechea empata en 3, con un tiro fuerte a la izquierda del arquero. 

Y acá la historia del fútbol cambia de riel como cuando el tren se desvía hacia otro ramal. Aparece en escena el número 17 (!) italiano, Roberto Donadoni. Mediocampista del Milan, 27 años. Patea a media altura al palo izquierdo de Goycochea, que vuela y la saca como dicen los manuales: con las dos manos. Impecable. Goyco pega un salto de felicidad mientras el tano se arrodilla en el piso en el borde del área chica y apoya la frente en el pasto en un claro mensaje: tierra, tragame. Ya nada seríe igual. Pero todavía falta. 

Porque ahora va Diego. Hay algunos silbidos pero el San Paolo, su estadio, su templo, su casa, como dijo muchas veces, se mantiene en un silencio que impresiona. Algunos hacían silencio por respeto y admiración, otros por miedo. El Diez toma carrera y con la zurda la toca suave a la izquierda de Zenga. 3 a 4. Al arquero lo confundió que en el último instante, antes de pegarle a la pelota, la cadera y la cintura de Diego giraron un poquito. Golazo. Diego grita y sale corriendo a festejar con los dos puños abiertos, como si Argentina ya hubiera clasificado. Sabe que está a punto, se le nota el éxtasis. Se trepa al utilero y masajista Galindez y con el envión le saca la gorra blanca. Pero falta todavía el último penal italiano. Aldo Serena, delantero, con el 20. El rubio juega en el Inter de Milán. Había entrado en el partido por Vialli. Se para y toma carrera con una mezcla de displicencia y desgano. En la cara se le nota la poca fe. Tal vez esté un poco enojado o con bronca. Tal vez le pesa el penal errado por su compañero. Que injusto, debe pensar. Si lo erro voy a quedar como el culpable cuando en realidad fue Donadoni el que pifió primero. Él es el verdadero responsable de este desastre pero ahora cargo yo con todo el peso por su culpa. Si quedamos afuera en este mundial, un mundial hecho a medida nuestra, como un traje de un sastre italiano, todos dirán que fue por mi penal. Que injusto, la puta madre.

Aldo toma carrera y patea un zurdazo fuerte, con bronca, al palo izquierdo de Goyco, que frena la pelota con la panza y sus brazos, como embolsándola. Queda aplastada entre sus costillas y el piso. Da unos piquecitos y muere ahí, a menos de un metro de la línea de gol. Serena se queda parado, gira. Goyco ya está corriendo con el brazo derecho levantado buscando a sus compañeros. 

Argentina es finalista de la copa del mundo.

El periodista Fernández Moores, presente en el estadio, recuerda para el libro “Vivir en los medios. Maradona off the record” (2006): “Nunca viví una experiencia parecida en una cancha de fútbol. El dolor de la gente cuando Italia quedó eliminada. La sensación, que aún recuerdo, fue salir del sector de prensa en puntas de pie, para no incomodar ese dolor. Todo era un silencio sepulcral increíble. El estadio estaba mudo y el hincha italiano, de luto. Maradona le había ganado al Norte una vez más”.

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Todos el poder, desde el presidente de la FIFA Joao Havelange hasta el presidente de Italia, ministros, dirigentes y los principales empresarios de los sponsors del mundial, estaban ahí sentados en el palco de honor, perfumados y vestidos con sus trajes caros, corbatas de seda y zapatos de cuero cosidos a mano, sufriendo los treinta grados del calor italiano de julio y viendo en vivo y en directo como a pocos metros, el equipo de Maradona, los dejaba afuera del mundial. Y Diego festejaba feliz, frente a sus narices. Insolente. Los gozaba. Se reía, corría de un lado al otro de la cancha. Levantaba los brazos. Sabía que los humillaba y ellos sabían que estaban siendo humillados.

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Lo contó José Basualdo, compañero de Diego en aquel plantel. “Él nos dijo: “No me importa la final. Quiero este partido, jueguenlo por mí. No quiero la final, quiero este partido se los pido por favor”. No era un partido a ganar o morir. Para Diego era a ganar y morir. Maradona había apostado todo lo que tenía, pero a un costo altísimo. “Era una situación irreversible para él. En el fondo de su alma, quería jugar la final. Pero sabía que si ganaba, se daba el quiebre definitivo con los italianos”, explica el periodista Daniel Arcucci, que lo conoce más que bien y en esa época, para El Gráfico, era testigo privilegiado de su intimidad.

Diego ganó. Los medios italianos no lo perdonaron. Publicaron todas sus miserias, las historias secretas que durante años habían dormido en los cajones de las redacciones y que ahora salían impresas en papel con títulos enormes. La gente del norte lo rechazó para siempre. En una encuesta publicada por el diario La Repubblica, Maradona salió elegido el hombre más odiado por los italianos, por encima de Sadam Husein, políticos corruptos y hasta dictadores.

Jorge Valdano, que estuvo a punto de integrar aquel plantel argentino, cubrió el Mundial como periodista: “Cuando Argentina ganó, crucé de madrugada la plaza del Duomo de Milán y vi un espectáculo lastimoso. Más de cien jóvenes agitaban una bandera con la inscripción: ‘Maradona, Milán te odia’, y coreaban con la desgana del perdedor una simple canción: ‘Maradona, figlio di putana’. Parecían boxeadores sonados tirándole golpes a un enemigo lejano e invencible. Pero me preocupó el vencedor. Dios sin cielo. Tres años de contrato por delante con el Nápoli en una Italia espesa con el Sur y el Norte jugando un tétrico ping-pong con Maradona de pelota”.

Después del mundial, Diego volvió a Nápoles, en medio de un clima demasiado hostil. Desde los medios (manejados por empresarios del norte) lo atacaban con títulos como “Maracoca” y publicaban historias de sus andanzas con prostitutas y escuchas telefónicas con dealers. Se difundieron fotos con miembros de la Camorra napolitana… sacadas cuatro años antes. 

La gente lo silbaba en todas las canchas. Con Corrado Ferlaino, el presidente del Nápoli, la situación también se volvió insostenible porque Diego le reclamaba que cumpliera su promesa y lo libere para jugar en un fútbol más tranquilo para él y su familia (recordemos, Dalma y Gianinna tenían 3 y 4 años). Pero obviamente, Ferlaino lo traicionó y Diego respondió a su estilo: faltando a los entrenamientos y a varios partidos. Se tiraban con munición gruesa en los medios. Para colmo, la justicia que antes miraba para otro lado, ahora cercaba al ídolo con multas por incumplimiento de contrato y distintas causas como evasión al fisco, tráfico de drogas, etc. Tanto el club como Ferlaino (como aceptó varios años después) sabían que Diego se drogaba y lo apañaban de distintas maneras. Cuando tenía control antidoping, alguien le daba otro frasco con orina limpia. Y todos contentos. 

Pero ahora la vida en Italia era un martirio.

Hasta que el domingo 17 de marzo de 1991, ocho meses después de aquella Notti Magique, llegó la cuenta con el precio de aquel triunfo histórico y la pagó Maradona. Se acabó la protección. El Napoli empató 1 a 1 frente al Bari. Maradona salió sorteado para el control antidoping. Positivo. Cocaína. A los pocos días, la Comisión Disciplinaria de la Liga Italiana de Fútbol suspendió al ídolo por 15 meses.

Diego aceptó, años después, algo obvio: que en el fondo lo único que quería era irse de ese país. Y lo hizo de esa manera porque no tenía muchas otras opciones y además, porque era a su modo, como él quería. Y se fue en la madrugada del mismo día de la noticia. De raje, con lo puesto, se volvió a Buenos Aires, dejando toda sus cosas en la casa que vivió siete años. Se fue de Nápoles escapando como un delincuente.

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Marzo de 1992. Claudio Caniggia, el autor del gol de aquel partido contra Italia en el mundial, ahora es una de las estrellas de la Roma. Después de un partido, sale sorteado para el control antidoping. Positivo. Cocaína. El Comité de Disciplina italiano lo sanciona con 13 meses sin jugar y la Roma lo multa con 70 mil euros.

Maradona dice que no tiene ninguna duda que su caso y el de Caniggia formaron parte de una vendetta italiana por aquella NottiMaquigue.

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