Saltar el casillero




La historia de Mondaine es fantástica. A mediados de 1940 la Federal Swiss Railways tenía un problema: la impuntualidad de los pasajeros. Cada vez más personas perdían su tren. Se dieron cuenta de que uno de los motivos era que el diseño de los relojes de las estaciones no se leía bien de lejos y los pasajeros se confundían entre un minuto y otro por el barroquismo de las agujas y los números. Cuando miramos rápido un reloj, podemos confundir la aguja de los minutos con la de los segundos. Para la puntualidad suiza no es lo mismo las 9:07 que las 9:11.

Entonces le encargaron al empleado Hans Hilfiker un nuevo diseño de reloj. Simpleza, fue la orden. Fácil para leer. Y diseñó un Mondaine. Con solo tres colores: blanco, negro y rojo. Le quitó los números. ¿Para qué ocupar espacio si todos saben cuál es el seis y cuál el dos? Fondo blanco y limpio, agregó sólo cuatro pequeñas rayas negras para los minutos y una más grande cada cinco. Y le sumó su toque: el segundero rojo que termina con un pequeño círculo, imitando la señal que se usaba para que el tren arranque.
Una genialidad minimalista.

Hoy el reloj Mondaine es un ícono, se estudia en las carreras de diseño y está entre uno de los 10 mejores Diseños de Relojes Clásicos. Además forma parte de la exposición permanente del MoMA de New York y el Design Museum de Londres.

***

Steve Jobs, fanático del buen diseño, usó el Mondaine para el ícono de la app “Reloj” del iPhone y después para sus iPad. Al tiempo los suizos -unos caballeros- le hicieron llegar la factura a Apple de varios millones de euros por usar sin permiso el diseño patentado por el estado suizo. Jobs gritó como un nene encaprichado que fue un homenaje porque amaba su diseño y que gracias a él, cientos de miles de personas tenían un Mondaine en sus bolsillos. Sí, sí, muchas gracias por el homenaje, pero es un plagio y tenés que pagar. “Mientras viva, no les pago ni un dólar”, fue la orden a sus abogados.
Pero Jobs se murió.
Entonces Tim Cook, el actual CEO de Apple, más adulto y caballero que Jobs, se sentó con los suizos y negoció un acuerdo. Les pagó casi 20 millones de dólares y saldó una deuda (y con Hilfiker, que murió en 1993). Además Apple pudo usar el skin de Mondaine también para sus Apple Watch. Ahora sí, con licencia oficial.


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Hace unos años iba caminando por New York, por la zona de la Quinta. En la vidriera, un Mondaine. Me quedé mirándolo, hipnótico. Yo entro, total, ¿qué pierdo? Estaba en zapatillas, mochila, transpirado. Había viajado por trabajo y ese día volvía a Buenos Aires. El contraste con la persona que me abrió, traje negro, impecable, el mármol blanco del piso, todos los relojes de oro marcas Hublot, Rolex, Audemars Piaget, Patek Philippe. Siempre me llamó la atención de esas casas de lujo como Louis Vuitton, Gucci, etc. es que te tratan (casi) como si fueras millonario. A veces te ofrecen una copa de champagne. Forma parte de la construcción de su marca. Ellos nunca saben quién puede ser el que entra, por las dudas. Entro.
Me atiende una señora divina, muy elegante, le pregunto si puedo ver el Mondaine para mi mujer (más chiquito). Oh yes! Lovely. ¿Cuánto sale? Tanto. Bueno, lo compro. Era un poco caro para mí en ese momento pero resolvía varios temas: llevarle algo a ella y por otro lado, cumpliendo una regla que siempre intento cumplir al regalarle: que no se extinga con el tiempo. Y además creo que faltaba poco para su cumpleaños. Listo. Me cerraba por todos lados. Cajita del reloj a la mochila. Mientras charlamos, de Argentina, de Messi, de lo que fui a hacer a NY, cometí un pecado: avancé un casillero. De esos que no tienen retorno.
-Puedo ver el de hombres? 
-Oh yes! Of course.
Me lo pruebo. Y no me lo pude sacar nunca más. Sentí que había sido diseñado para mí. ¿Cuánto sale? Caro. Ya no me quedaba más plata en la billetera. Tenía, supongamos, un billete de 50 y tres de uno. Me daba vergüenza, le digo “mire tengo 50 así que será en otro viaje”. No quería reventar la tarjeta. Me dice esperá. Va y consulta con alguien, un manager del local. Hablan, me miran. La señora vuelve: “mirá, vamos a hacerte un precio especial, te dejamos los dos a tal precio”. No dudé. Puse los 50 dólares y el resto en mi tarjeta de crédito. Me fui con las dos cajas en la mochila y un reloj en mi muñeca.

Los años pasan y cuando miro la hora, varias veces me acuerdo de que hay que dar ese paso, pisar ese casillero sin retorno. Aunque en ese momento dudemos.

El reloj me sirve para conocer a otras personas. Quien lo elogia, quién conoce su historia. Una vez le hice un reportaje a un empresario muy importante, de esos que salen en las tapas. Cuando terminamos la nota, me saludó y me dijo con algo de envidia: “me gusta mucho tu Mondaine”. 

Volvemos al tiempo. Siempre volvamos al tiempo. Es lo único que hay.

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